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domingo, 10 de agosto de 2014

Sólo extractos: David Byrne y La iglesia del fútbol.

Llevo leyendo desde hace unos días, el especie de anecdotario de David Byrne titulado Diarios de bicicleta. El libro presenta una recopilación de escritos que Byrne ha hecho a lo largo de los años, a través de sus viajes, con la excusa de promover el uso de la bicicleta como medio de transporte en un nivel masivo, aunque realmente, esto tan sólo le proporciona un motivo para dar entrada a sus recuerdos y experiencias. Las hay de todo: unas muy conmovedoras, otras chistosas, otras poéticas, políticas, sociales etc. Termina por ser una lectura que, como a la Rayuela, uno puede dar lectura por cualquier lado, y no pasa nada, pues no es precisamente una crónica o una historia que mantenga alguna línea narrativa. Por ejemplo, yo comencé a leer el capítulo titulado "Buenos Aires", ya hacia la mitad del libro: su deambular por la ciudad argentina le da ocasión de hablar sobre diversos temas; desde el culto a la muerte que a veces (o muchas veces) difiere al del resto del mundo, o cómo ciertos géneros musicales exponen el contexto social de países como México, o Brasil, o Argentina. Habla sobre cómo el equivalente al folk americano, en Latinoamérica, cobra una mayor relevancia en su difusión que cualquier cosa que se haya hecho en Estados Unidos o Inglatera; presume sus cenas con Mercedes Sosa o Charly García y ahonda en el cómo y por qué surgen, o no surgen, las escenas musicales o artísticas de una comunidad.  Realmente hay un mundo de situaciones y anécdotas que muero por comentar con cualquiera que se deje, mientras eso sucede, hago transcripción de una pequeña parte que me hizo gracia y al final de la cual, inevitablemente me vi gritándole al libro con un "¡pues claro!" En fin. Aquí va. 

'La iglesia del fútbol'

Al día siguiente, en la televisión, los jugadores mexicanos y argentinos entran en el campo para jugar el partido que decidirá quién pasa a los cuartos de final del Mundial de fútbol. La ciudad entera se ha parado por el partido.  Todo está paralizado. Estoy haciendo la prueba de sonido en un club, donde voy a tocar en un concierto de La Portuaria. Todos los técnicos de la banda y del club han cesado en sus tareas y se han congregado  en torno al televisor. Ya se han cantado los himnos nacionales y los jugadores saltan al terreno de juego. Las calles fuera del club están prácticamente desiertas, apenas hay tráfico en las enormes avenidas. Todas las tiendas y restaurantes están cerrados, excepto unos pocos en los que la gente se apiña frente a aparatos de televisión.
     Después de la prueba de sonido, Diego, el vocalista, y yo nos acercamos a un puesto de comida para tomar un almuerzo tardío. El café está atendido exclusivamente por mujeres, lo cual explica por qué permanece abierto (los hombres están todos pegados al televisor). Aunque no es el centro de atención, sobre la barra del bar hay una pequeña tele, casi simbólica, que compite con un CD de música techno. Diego me cuenta que durante la época de la dictadura él iba a la preparatoria. La Copa del Mundo de 1978 se celebró aquí, y dice que algunos afirman que fue usada como cortina de humo para hacer desaparecer a mucha gente. El gobierno apoyó decididamente el evento deportivo y lo usó como artimaña para deshacerse de mucha gente cuando casi nadie prestaba atención. Es fácil entender lo sencillo que esto resultaría en un día como hoy. Éste sería el momento propicio para la invasión. 
     Aunque muchos intuían lo que estaba pasando, la mayoría de la gente, entonces e incluso hoy, se negaba a creer que todo aquello estuviera sucediendo realmente, y muchos de ellos afirmaban que no sabían ni habían visto nada. En sus días de preparatoria, Diego fue un día a visitar a unos amigos, pero nadie le abrió la puerta. Enseguida quedó claro que la casa estaba vacía, y que así iba a seguir. Más tarde, su padre le dijo que seguramente se los habían llevado. Reinaba una sensación general de paranoia, y Diego dice que para un chico de su edad ese temor se manifestaba de la misma forma que otras preocupaciones de  cualquier estudiante de la época: que te podías meter en problemas por llevar el pelo demasiado largo o que te podían arrestar si te cachaban fumando un toque. El Estado podía considerar esas afectaciones típicas de la juventud en la onda como una señal de que simpatizabas con el enemigo. Así que, aunque tales temores pudieran ser los mismos que los de cualquier estudiante de preparatoria en otro país, las repercusiones de ser detenido aquí por se un hippie greñudo eran mucho más siniestras. La gente iba con mucho cuidado, y las conversaciones sobre política se llevaban a cabo en murmullos. De noche se oían disparos en la calle: era el sonido de la policía o del ejército (por lo general eran la misma cosa) llevando a cabo su infame tarea.

Diarios de bicicleta, David Byrne 
Editorial Sexto Piso, 2011
pp.145-146.

martes, 17 de junio de 2014

Kon-Tiki, Thor Heyerdahl

Una de las razones por las cuales me encanta sumergirme entre las ventas de libros de segunda, es que se pueden rescatar verdaderos tesoros que difícilmente encontraríamos de cualquier otra manera. La manera como yo lo veo, es que esas historias nos encuentran a nosotros. Así fue como yo di con una viejita, pero bien conservada versión de Kon Tiki de Thor Heyerdahl: tapa dura, cubierta de tela, en cuya primera página se lee una dedicatoria que data de una navidad por ahí de 1962. Quien sea que le haya regalado este libro a Juan Hernán, jamás pensó que el libro perduraría el paso de los años y terminaría en manos de alguien como yo. Curioso pensar en que la historia narrada entre las páginas de este libro describe la aventura de las trayectorias recorridas, el aventarse a lo desconocido y el redescubrir el mundo con nuevos ojos. Eso fue justamente mi experiencia al leer el libro. De entrada diré que esta ha sido una de esas lecturas que me conmovieron hasta lo más profundo y sin duda se convirtió en uno de mis libros favoritos; de esos que no se olvidan y nos acompañan toda la vida.
            Esta es una lectura para el verano; mientras que uno vive en el desierto sin posibilidad de salir de vacaciones, el treparme a una balsa para recorrer el Pacífico representó el más idílico de los escenarios. Así pues, no tuve más que abrir el libro y leer:

CAPÍTULO I

UNA TEORÍA


SUCEDE a veces que, gradualmente y en la forma más natural, se va siguiendo una trayectoria sin haberse detenido a pensar siquiera cuál ha sido su punto de partida, hasta que, de pronto, sobrevienen las más extrañas situaciones y sólo entonces, como despertando de un sueño, se pregunta uno a sí mismo, cómo ha podido llegar a ellas. Si, por ejemplo, se encuentra uno por propia voluntad en alta mar, flotando a la deriva en una balsa de madera, con cinco compañeros de viaje y un loro, es inevitable que tarde o temprano vuelva en sí, quizá después de un descanso más largo que de ordinario, y comience a pensar en por qué está allí.

            No requirió más que eso para saber que debía tener ese libro entre mis manos, que había sido destinado para mí; y aunque la idea suene exageradamente romántica, habemos quienes pensamos y creemos que, como he dicho en un principio, las historias nos escogen a nosotros, sin importar cuáles sean, de qué traten, en qué forma lleguen, lo sabemos cuando abrimos la portada, sentimos las hojas, olemos las palabras y leemos. Así pues, me presento con mi narrador, Thor Heyerdahl, noruego, científico y aventurero, en resumen, un verdadero apasionado de la vida y de su mundo. Previo al estallido de la segunda Guerra Mundial, Heyerdahl había abandonado sus estudios de zoología para dedicarse a probar su teoría de que el origen de los habitantes de las islas Polinesias era de Perú: uno de sus héroes legendarios y creído hijo del dios sol, Tiki, había abandonado el continente con un grupo de habitantes y en balsa, se fueron en busca de otro territorio y llegaron a la Polinesia. El nombre de la balsa, Kon-Tiki, será pues en honor a este personaje legendario hijo del sol, mismo que llevará sobre sí la crónica de la expedición: KON-TIKI EXSPEDISJONEN. Finalmente, la investigación se ve interrumpida por la invasión alemana a Noruega y es reclutado; durante la guerra conoce a Thorstein y Knut, quienes posteriormente se integrarán a la expedición.
            Tras los días de guerra y declarada la paz, Thor retoma su investigación y escribe “Polinesia y América. Un estudio sobre relaciones prehistóricas”. Acude con un importante erudito de algún museo de Nueva York para presentarle el manuscrito, pero éste lo rechaza totalmente bajo el argumento de que:
       (…) sí sabemos una cosa con certeza, y es que ninguno de esos pueblos de la América del Sur llegó a las islas del Pacífico.
       Me miró inquisitivamente y continuó:
       -¿Sabe por qué?... La respuesta es suficientemente simple… ¡Ellos no podían llegar porque no tenían barcos!
       -Tenían balsas –le dije con cierta vacilación-. Bien lo sabe usted; tenían embarcaciones hechas de madera de balsa.
       El viejo se sonrió y dijo con toda calma:
       -Bueno, si quiere puede intentar un viaje del Perú a las islas del Pacífico en una balsa.

            Así pues, lo único que alguien necesita siempre es ser retados por un-alguien así de nefasto –conozco a muchos de ellos, académicos que cuando uno entrega   algún texto, ensayo, trabajo, te contestan con un “te lo sacas de la manga”, aún cuando el argumento y la justificación y las fuentes están ahí, frente a sus narices… *respirando y regresando en 5-4-3-2-1… continuo*. A partir de ahí, Heyerdahl se dedica pues a planear su expedición a través del Pacífico, basándose en antiquísimos dibujos y descripciones de esas balsas utilizadas por los incas, siendo fiel en todos los aspectos: desde el material, hasta la edificación. Seguido siempre por sus compañeros de balsa: Knut y Torstein, Herman, Erik y el sueco Bengt. La ayuda llegó bajo el nombre de asociaciones y grupos gubernamentales como los exclusivos “Club de Exploradores” en Nueva York, el Laboratorio de Equipo del Comando de Material del Aire, quien los abasteció con todo tipo de artefactos y prototipos para la navegación, el Pentágono o la Liga de Aficionados de Radio de América, la ONU y los gobiernos de Noruega, Perú, Francia, Suecia y Estados Unidos. En ello, entre la descripción cronológica de los eventos previos a la salida de la Kon-Tiki y el vivaz poder narratológico de Heyerdahl, encontramos que todos, absolutamente todos, aman una gran aventura.
            Así, la narración está lleno de esos deliciosos y absolutamente divertidos momentos en que olvidamos que lo que leemos es una crónica de algo que realmente sucedió y me recuerda mucho cuando llegué a leer las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, las cuales parecían perder cualquier sentido de la verdad en momentos y buscaban sumergirnos en lugares y momentos tan increíbles que seguramente tenía que existir en algún otro mundo donde abunda la magia y lo fantástico. Fuera de ello, bien sabemos que América es el lugar de lo real maravilloso, o lo fantástico maravilloso, o lo surreal. Aunque bien sabemos, muchos más que otros, que la realidad siempre supera la ficción. Pero regreso, decía que es difícil escoger momentos y hacer una lista jerarquizada de ellos, es simplemente imposible: entre las maravillosas y poéticas descripciones del mar bajo el manto de las estrellas, con todos esos seres que surgen de las profundidades para dotar el agua de un singular espectáculo de color y fosforescencia, o entre los tiburones, ballenas, delfines, peces voladores, peces pilotos, pulpos kamikaze, que van acompañado al sexteto en su travesía, casi como curiosos acompañantes de los humanos. O entre la travesía burocrática de lo que significaba hacer el viaje partiendo de Perú, para un grupo de extranjeros, hacia la Polinesia en una balsa, o entre el peligro de viajar hacia la selva en época de lluvias para talar árboles de balsa, entre insectos tan grandes como la cabeza de un hombre… *escalofríos*
            Debo, a pesar de haber justamente dicho que es imposible escoger momentos dentro de la narración, destacar un particular pasaje que me hizo reír demasiado para la aparente gravedad del asunto. En un momento en que Thor y Herman están tratando de arreglar pasaje a la selva de Quevedo, aún a pesar de que los caminos han sido bloqueados por las inundaciones y el barro, uno de los pilotos que ayudaban a los noruegos, les comentó que el peligro existía aún más allá que las simples inundaciones. Los caminos hacia la selva estaban llenos de indios carnívoros que decapitaban a sus presas para encogerlas y posteriormente venderlas en el mercado negro; así, continua con una anécdota de cómo él perdió a su mejor amigo a manos de estos grupos que mencionaba. Dio con el criminal que había emboscado a su amigo y le pidió que le regresara la cabeza de su amigo:
El criminal sacó inmediatamente la cabeza del amigo de Jorge, tan pequeña en ese momento como el puño de un hombre. Jorge se quedó impresionadísimo al verla, porque no había cambiado, sino que simplemente se había achicado. Profundamente emocionado, tomó la cabeza y se la llevó a su esposa quien, al mirarla, se desmayó, y Jorge se vio precisado a esconderla en un baúl; pero había tanta humedad en la selva que se formaron capas de moho verde en la cabeza, de manera que Jorge tenía que sacarla una que otra vez al sol para secarla. Quedaba muy bien cuando la colgaba de los cabellos en una cuerda de secar ropa, pero la mujer se desmayaba cada vez que la veía. Un día, un ratón logró penetrar en el baúl e hizo tal destrozo en su amigo, que Jorge, mortificado, enterró la cabeza con todas las ceremonias del caso en un pequeño agujero en la parte alta del campo de aterrizaje.
-Porque, después de todo era un ser humano –dijo Jorge al terminar.
-Muy buena comida –comenté, para cambiar la conversación.
  
            Así también, debo destacar que mi mayor simpatía recayó, después del autor de la narración, con el etnólogo sueco Bengt, quien dio con Thor y sus compañeros, gracias a una nota en el periódico peruano sobre la próxima expedición hacia la Polinesia para comprobar la teoría de cómo los pobladores originales provenían de América. El sueco justo terminaba unos estudios de la selva en las regiones del Amazonas, cuando se presentó ante Thor, mientras él, a su vez, leía y releía el recorte de la nota sobre Bengt Danielsson. Y sin más, el claro ejemplo de por qué la lectura se torna en un verdadero deleite es en principio, por el sentido del humor que presenta el narrador, y sobre todo, por el lenguaje que a buen ritmo, va atravesando por las hojas como la balsa por la mar:
       Este individuo venía de tierras salvajes pero, indudablemente, pertenecía más bien a una sala de conferencias. Bengt Danielsson, pensé yo.
       -Bengt Danielsson –dijo el sujeto presentándose a sí mismo.
       Él ha oído algo sobre la balsa, pensé, y lo invité a sentarse.
       -Acabo de oír algo sobre sus planes –dijo el sueco.
       Y ahora viene a echarme abajo la teoría porque es un etnólogo, pensé.
       -Y ahora he venido para preguntarle si puedo ir con usted en la balsa –dijo el sueco apaciblemente-. Estoy interesado en la teoría de la migración.

            La narración, a pesar de su anclaje en la realidad, termina obviamente siendo ficcionalizada; a final de cuentas es el recuento de una aventura, sus inicios, su desarrollo y su desenlace, reunido y retazado a partir de las entradas en el diario que mantenía Thor consigo a bordo del Kon-Tiki y los recuerdos tan bien impresos en su memoria. Realmente, comenzar a poner en tela de duda qué momentos pudieron haber sido dramatizados un poco más o un poco menos a fin de servir el ritmo y la narración, es irrelevante. Termina por atraparnos en la vena más profunda que muchas veces olvidamos tenemos dentro, esa en la que vivimos añorando nuestra infancia y la inocencia de ella: las aventuras que se nos presentaban acompañados de otras figuras como Huckleberry Finn o Robinsoe Crusoe, o las leyendas del Rey Arturo y sus caballeros de la mesa redonda, o D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, mientras gustábamos de soñar y jugar a que éramos vaqueros, o astronautas, magos, etc. Haber leído Kon-Tiki sacó esa niña que gustaba de treparse a los árboles con su hermano imaginando un fuerte en las alturas, o pegando viejas cajas de cartón juntas y pintándolas para simular naves espaciales. En una época en la cual la diversión de los niños es propiciada por espectaculares gráficos dentro de aparatitos celulares o consolas de videojuegos, retornos a la sencillez, como ésta de tomar un libro mientras leemos con los pies aventados hacia la pared y los cabellos flotando bajo el golpe de aire fresco, es una sensación de profunda belleza.

“Llegamos a un mundo en el cual no habíamos soñado nunca […]
más cerca del sol y de la luna, fuera del tiempo y más allá del espacio.”
Thor Heyerdahl,
Kon-Tiki


 "Outside of Space and Time" (Love This Giant, 2012)
David Byrne & St. Vincent

“Someday, I’ll step out of the shadow
into galactic matter
outside of space and time”
-David Byrne, St. Vincent,
“Outside of Space and Time”

lunes, 5 de mayo de 2014

El devenir cósmico inspirado por los Talking Heads y Arcade Fire

Era alrededor de la quincuagésima vez que escuchaba el Reflektor de Arcade Fire cuando al llegar a “Here Comes The Night Time”, entre esos versos que aluden a la postura anti-melódica del Paraíso, mi cabeza de radio se transportó hacia los vestigios del pasado, donde los sonidos de la tradición impuesta por una pequeña banda conocida como los Talking Heads comenzó a irrumpir obsesivamente, en una cuestión que a mi parecer era obvia: the Heavens. El concepto de la existencia de un Cielo y su relación con la música es una dualidad bastante natural, creo yo y nada exclusiva a ambas bandas, es decir, no hay artista, cantante, músico, agrupación o poeta-wannabe que no tenga una canción, pieza o poema en la cual no utilice, profundice, defina, analice, interprete el concepto de Cielo/Paraíso como lugar, estado, tiempo o adjetivo. Y realmente aquí la canción de Arcade Fire me permitió posicionarla como escusa para hablar de la otra.

La primera vez que escuché “Heaven” fue en el Stop Making Sense (1984) de Jonathan Demme, al cual podríamos quizá catalogar dentro del género rockumental con estructura narrativa; la canción interpretada durante la presentación, montada sobre la austeridad de un escenario desnudo, no es más que una mera analogía de la misma canción que están interpretando, a partir de la cual, el escenario y la imaginería conceptual del proyecto comienza a construirse sobre sí misma: Heaven, Heaven is a place, a place where nothing, nothing ever happens. En síntesis, es una canción a la cual podríamos definir como bellísima y no decir nada más sobre ella. La segunda experiencia que tuve de ella, fue cuando por fin obtuve el Fear of Music y escuché el álbum cuantas veces tuve que escucharlo para así rectificar uno de mis más grandes errores en la vida: el haber desechado este tipo de música porque era muy joven y muy estúpida para disfrutarla, y/o entenderla. Pero más vale tarde que muerta, pienso, por lo que me lo he escuchado una vez, dos veces, tres, cinco, diez. Si fuese una obra literaria, según su orden, diría que es hacia el final del tercer acto en el disco, cuando se materializa el paraíso: una representación del más allá entre bajeos, riffs, sintes, un tranquilo y deleitable sincopado, y la voz de Byrne multiplicado a través de los ecos recordando la construcción acústica de la nave de una catedral: It's hard to imagine, that nothing at all could be so exciting, could be this much fun. Dentro de un complejo álbum repleto de fobias en donde el aire mata, los animales nos odian y la vida, bien acertado está, se desarrolla en medio de guerras, “Heaven” presta la oportunidad para dar pausa y camino a los guiños cínicos que brotan desde la honestidad y se constituyen en la sencillez: armonía y simetría. En mi imaginario, el Paraíso se erige como un cavernoso bar de paredes de madera y luces neón, sillas desperdigadas sobre la duela apolillada, misma que alberga su buena ración de colillas de cigarrillos y manchas de cerveza, al final del cual la banda de San Pedro toca insistentemente canciones del agrado de todos los presentes: Everyone is trying to get to the bar / The name of the bar, the bar is called Heaven / The band in Heaven, they play my favorite song / Play it once again, play it all night long. Mi prosaica fantasía no me revela una mala manera de pasar la eternidad, por lo que quizá es bueno que sea fumadora –a medias, ya que estoy en proceso dejar el vicio… repito, proceso. Aunque tomado desde una perspectiva en la cual el Cielo es un estado en el cosmos y el cosmos es el estado infinito, pues mi fantasía realmente se reduce a un pensamiento estúpido resultado del daydream cualquiera, quizá motivado por el hecho de que ha pasado tanto tiempo en el que he visitado alguna de esas cavernas olorosas y apretujadas.

Tras divagar un momento, retorno a los Heads y Byrne, especialmente, quien propone esta visión de la trascendencia del yo y el nosotros al más allá con la virtud musical. En su How Music Works, dedica todo un capítulo (Harmonia Mundi) a una especie de temática filosófica al por qué y para qué de la música, remontándose tan al pasado que llega hasta el “En el principio era el caos…”, no en un sentido bíblico sino de génesis cósmico o algo así. No se propone convencernos sobre la existencia de un Dios o un Ente a partir del cual se genera todo lo demás, sino que realiza una bella estructura (poética, incluso) sobre el universo a partir de un sólo lenguaje, el musical. Dirán algunos que las matemáticas son el lenguaje universal por antonomasia, sin embargo, Byrne argumenta que incluso en el aspecto científico, cualquier número, fórmula, teoría, o hipótesis, deriva en alguna forma de escala tonal o nota, resultando, consecuentemente, en la música. Veamos el aspecto astrofísico del asunto con el cual argumenta: "NASA recorded inaudible electromagnetic signals -not even what we would call sound waves- as the probes Voyager and Cassini passed by a number of planets. Then these signals were processed and converted into sonic vibrations that fell within range of human hearing [...] Not surprisingly, these notes, as Pythagoras conceived them, produced the most divine harmony imaginable -a great cosmic chord that created us and everything else. The sound was so perfect, he said, that ordinary people like you and me couldn't hear it [...] According to St. Augustine, all men would hear this sound just before they died, at which point the secret of the cosmos would be revealed -which is very exciting, although just a little late to be of much use. This secret was passed down through the ages, from prophet to prophet, although at some point, according to Renaissance philosophers, it was lost. Oops.” La música es el orden en el caos, incluso aún cuando el caos mismo puede ser orden, la melodía de los mundos, Music of the Spheres, etc.; incluso en las melodías más atonales encontramos ese sentido de orden a pesar de su parecer caótico, tan sólo hay que recurrir a piezas de Schoenberg, Stockhausen o Pendereki, entre otros.  Adam y Eve, dialogan en que allá arriba, en algún planeta a millones de años luz, hay en una estrella, una roca enorme como diamante que emite la más bella melodía. Ahora díganme que eso no es un escenario digno del Paraíso.

Lo que ha derivado en toda esta explosión verborréica sobre música y celestialidad cósmica, fue el sencillo e inocuo acto de haber escuchado “Here Comes The Night Time” y haber hecho esa relación con los Talking Heads. Mi emoción se limitaba solamente a esa comparación entre que esta canción hablaba sobre el Cielo al igual que aquella de los Heads, con la diferencia de que en la visión celestial de Arcade Fire, no se permite la música. Win Butler y compañía reconstruyen el espacio a partir de la prohibición rítmica, misma que, ahora que la vuelvo a escuchar dentro de su mismo contexto inmediato (la canción) y el no inmediato (el disco), ya puedo interpretarla como un acto que manifiesta descontento, satirizándolo hacia un final que representa el absoluto éxtasis de la música: They say Heaven’s a place, yeah, Heaven’s a place and they know where it is / But you know where it is? / It’s behind a gate, they won’t let you in / When they hear the beat coming from the street, they lock the door / If there’s no music up in Heaven, then what’s it for? Simples y sencillos versos que conforman el interludio de la canción, con un down-tempo contrapuesto al explosivo ritmo carnavalesco/samba/batucada -o alguna combinación semejante-, materializando una irritabilidad ante la imposición de la moralidad, en el que las pasiones humanas se magnifican ante el baile y la música. Tomémoslo como la sátira que es: When I hear the beat, my spirit’s on like a live wire […] When you look in the sky, just try looking inside, God knows what you might find. El disco presenta una especie de leit-motif mitológico -Orfeo y Eurídice por todos lados- y la relación del baile, la música, las jerarquías pasionales y el Paraíso es culpa del Orfeo Negro de Marcel Camus. Sin embargo, sátiras fuera, la figura de Orfeo termina por cimentar todo este encaprichamiento que he venido escribiendo, pues este hijo de Eagro y Calíope (una musa), instruido en la música por Apolo (el sol) quien le presentó como regalo su lira, misma que terminó siendo posicionada entre las estrellas por las musas después de su muerte, vuelve a aventar la mirada sobre el universo y el origen de la música. Ese Paraíso, ese estado Celestial… ese lugar al cual todos queremos ir, donde tocan nuestra canción favorita.

Escribiendo y releyendo todo este viaje cósmico, musical y verbal, regreso a la Tierra y al génesis de todo ello; limpio la sangre que he sudado por los poros de mi cabeza y me concentro en dejar que mi contemplación y veneración por la música sea lo que vaya construyendo mi casa en el Paraíso, ahí en seguida del bar, para poder escuchar siempre mi "favorite song".